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ARGENTINA Y EL MALBEC

De tierras lejanas
Existe más de una versión sobre la historia del Malbec, aunque todas coinciden en que tuvo su origen en Francia, en la zona de Burdeos, cuna de los grandes “vinos rojos”. Allí la variedad recibe el nombre con el que luego arribó a Argentina, y, junto al Cabernet Sauvignon y el Merlot, integra el grupo de los vinos del Medoc. En la región francesa de Turena, es conocido como Cot, y en Cahors se lo denomina Auxerrois. De estas tierras son los famosos “vinos negros”, bautizados así por la generosidad de su color: rojos intensos, púrpuras, violetas exuberantes, vinos que también se caracterizan por su estructura tánica y corpulencia.

Hay quienes afirman que el nombre “Malbec” proviene del apellido de un viticultor húngaro, quien difundió el cepaje en Francia y, desde allí, hacia otras regiones europeas. A estas latitudes llegó a mediados del siglo XIX, de la mano del agrónomo francés Michel Aime Pouget, que junto a otros inmigrantes europeos fundaron la vitivinicultura argentina con las variedades que traían de sus países natales. En estas épocas iniciales de la actividad, los viticultores reunieron diferentes cepajes bajo el nombre genérico de “uva francesa”. Más tarde, cuando comenzaron a diferenciarse algunas variedades, esta apelación quedó sólo para el Malbec.

Otra versión asegura que esta uva fue llevada a Argentina desde Chile, adaptándose de manera notable a las condiciones agroecológicas pedemontanas. Más allá de las muchas voces que narran su historia, lo cierto es que la cepa de los “vinos negros” encontró en la región de Cuyo los terruños ideales para expresar sus mejores cualidades, superando incluso a sus parientes europeos, y presentándose ante el mundo como el cepaje argentino por excelencia.

Épocas de cambio
La entonces llamada “uva francesa” fue el cepaje más difundido en Argentina. Los primeros viticultores plantaban según la tradición europea: cada seis plantas de Malbec una de la variedad blanca Semillón. De este modo se elaboraba un corte que, según los antiguos bodegueros, equilibraba la gran concentración de color del Malbec y le quitaba esa marcada aspereza aportada por los taninos. En Argentina llegaron a existir más de 50 mil hectáreas de este cepaje tinto, distribuidas, sobre todo, en las localidades mendocinas de La Consulta, Luján de Cuyo y Medrano.

Durante los años ’80, Argentina vivió un fuerte proceso de erradicación de las viñas de Malbec (sobre todo de la más antigua, con más de medio siglo de edad) que hizo peligrar la propia existencia de la cepa; pues se pensaba que el futuro estaba asegurado en base a un esquema de mercado en el que predominaban los cepajes de altos rendimientos. Pero luego, con la reestructuración de la vitivinicultura en la década de los ’90, que se caracterizó por un abrupto descenso en el consumo de vinos comunes y el aumento de los “finos”, resurgió la implantación del Malbec. Actualmente, la superficie cultivada con este cepaje en Argentina es la más grande del mundo:16 mil ha. En Francia existen unas 5 mil ha y en California tan sólo 45 ha cultivadas.

Para todos los gustos
El Malbec argentino se cultiva en todos los oasis vitivinícolas argentinos, a lo largo del cordón de la Cordillera de los Andes. En el Noroeste –entre los 1.750 y más allá de los 2.300 metros sobre el nivel del mar-, los paisajes salteños de Cafayate, Yacochuya, Las Viñas y San Carlos vieron surgir una y otra vez esta uva, que allí da Malbec bravíos y corpulentos. Más al sur, Chilecito, en La Rioja, y los privilegiados Valles de Tulum, Ullum, Zonda y El Pedernal, en San Juan, elaboran originales ejemplares de este cepaje. El ecosistema de Mendoza es el paraíso del Malbec. La llamada “Primera Zona” o Zona Alta del Río Mendoza (Maipú, Luján de Cuyo), San Rafael y el Valle de Uco ofrecen algunos de los más reconocidos a nivel nacional e internacional. Finalmente, la Patagonia también existe para el Malbec, sobre todo en los apreciables y prometedores terruños del Alto Valle del Río Negro.

Suelo y clima ideales
Los suelos arcillo-pedregosos, poco profundos sobre un subsuelo de cantos rodados, que le permite un excelente drenaje, son los preferidos por este varietal. El clima soleado, con días cálidos y noches frescas, es el ideal para el Malbec, ya que favorece el buen desarrollo de sus taninos robustos y de su intenso color.

Características de la planta
Las hojas (ampelografía) del Malbec son bastante características: con un ampollado mediano, bastante profundo, enteras y triboladas; como así también sus racimos: llenos, alados, de tamaño mediano, con bayas redondas o muy levemente ovoides y negras. En cuanto a sus aspectos fenológicos, este cepaje es de brotación y maduración tempranas. En las zonas cercanas a la capital mendocina, donde ha alcanzado mayor desarrollo, brota a fines de septiembre y principios de octubre, y se comienza a cosechar y a recibir en bodega luego del Semillón y el Chenin, a principios de marzo.

En Mendoza, la implantación de este cepaje, que tuvo su origen a principio del siglo XX, representa una rica diversidad genética y constituye una amplia colección de formas. Esta variabilidad intravarietal permite una significativa reserva de clones -que difieren en acidez, estructura y contenido fenólico- que en la actualidad comienzan a ser seleccionados y caracterizados.

Malbec: un vino único
Por la singularidad y cualidades que alcanza en suelos argentinos, el Malbec es la variedad emblemática de ese país; referente importante de los vinos argentinos a nivel internacional. Cepaje versátil, con el cual es posible elaborar vinos jóvenes, rosados, espumantes y también ejemplares aptos para prolongadas guardas.

En su color se destaca el rojo intenso, los matices violáceos y azulados, especialmente cuando es joven. Para reconocerlo por sus aromas habrá que recordar el olor de las ciruelas muy maduras o de las mermeladas de mora o guinda. En la boca, el vino se expresará en todo su esplendor; si es joven, apenas una agradable aspereza impresionará el paladar; si ya tiene algunos años, será un vino maduro, de gran complejidad. Su romance con la madera le aportará aromas y gustos a chocolate, vainilla, cuero y café. Otras pistas para reconocer un Malbec: es un tinto generoso, equilibrado y apasionado a la vez. Es tiempo de descubrirlo y comprobarlo personalmente.

Tentadoras alianzas
Los estilos de Malbec argentino podrían agruparse en tres grandes grupos. A continuación, algunos maridajes o combinaciones gastronómicas para cada versión.
- Malbec de carácter joven, con elegante expresión frutal y notas florales típicas (violetas), alegres y vivaces en la boca y con un retrogusto medio. Para este tipo de tinto, que normalmente no tiene paso por el roble, el maridaje se orienta al aperitivo y las tapas (con embutidos y quesos semiduros), platos sencillos (pizzas), carnes grilladas, pastas con ragú y la colección de sabrosos pescados de río, como los del Litoral.
- Malbec Rosé. Perfecto para abrir un almuerzo, comida informal o picnic y continuar saboreándolo en recetas con palta, pescados salitrosos (sardina, anchoa), hígado encebollado, aves (pollo, pavita), arroces marineros, paella de Valencia y conejo guisado.
- Malbec con maduración discreta en madera (tres o cuatro meses), que da un vino con un cuerpo pleno, aunque sin las complejidades de aquellos que descansaron largamente en barrica. Los risotti con hongos, las versiones de cordero patagónico o pampeano y las carnes salseadas serán una muy buena propuesta para acompañar este vino.
- Grandes Malbec, con un tiempo en barrica no inferior a los 10 meses. Las comidas que incluyan piezas de caza y criadero (ciervo, jabalí, liebre, faisán, codorniz) y las carnes silvestres nativas (ñandú, guanaco, llama) se realzan con estos tintos maduros, complejos y estructurados.
Sólo sugerencias. El universo de posibilidades es infinito y abierto a los curiosos amantes del vino. El desafío es animarse al placer de nuevas sensaciones.

Fuente: Fondo Vitivinícola Mendoza